domingo, 12 de noviembre de 2017

IRREGULARIDAD DE LOS APELLIDOS ESPAÑOLES HASTA EL SIGLO XIX


Os ponemos este interesante aspecto de la genealogía , la formación de los apellidos y como ha ido evolucionando a lo largo del tiempo, estupendo discurso de ingreso en la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía del Sr .D. Jaime de Salazar y Acha "Génesis y evolución Histórica del apellido en España (1991)


Durante el Imperio Romano, el uso de los nombres y apellidos era diferente al que conocemos en la actualidad. Se utilizaba primero el Nomen, equivalente al nombre o características físicas descriptivas, de índole tradicional. Luego, en el medio, iba el Cognomen, que constituía el apellido o linaje de la familia. Finalmente, figuraba el Agnomen, que era descriptivo de alguna cualidad, oficio, carácter personal o defecto de la persona. A veces se anteponía un Preagnomen antes del Nomen, para añadir alguna cualidad especial o mérito notorio. Un ejemplo del sistema romano de identificación personal es el de Cayo Julio César, cuyo nombre romano completo era: Gaius Iulius Caesar. Gaius era el Nomen, que significaba "bonito", "bello", "apuesto". Iulius era el Cognomen, que indicaba que procedía del linaje o familia Iulia (Julia). Finalmente, Caesar significaba "de pelo largo" en el idioma latín, lo que pudo describir una característica física al nacer, o quizás alguna cualidad tradicional, puesto que Julio César se quedó calvo al llegar a su edad adulta. Este sistema se aplicó por ley a todo el Imperio Romano, incluyendo a la Hispania, que comprendía la Península Ibérica. Antes de esta época se tienen pocos datos de los pueblos pre-romanos, que fueron los iberos, los celtas, los vascos, y los colonos fenicios, griegos y cartagineses.
Con la llegada de los pueblos de origen germánico a la Península Ibérica, y el posterior final de la dominación romana, fue desapareciendo paulatinamente este sistema de identificación personal, persistiendo los nombres romanos, mezclados con los germánicos, simplificándose con el uso de un nombre, seguido del patronímico terminado en las letras "ez", que era el equivalente a la palabra germánica "son", que significa "hijo". Así Rodriguez significa "hijo de Rodrigo" y López significa "hijo de Lope". Asimismo hay palabras que se pueden usar tanto como nombre o como patronímico, siendo ejemplos Gómez o García. Luego, comenzaron a usarse otros medios de identificación, refiriéndose al toponímico, o lugar de origen, o a alguna característica física, defecto, o cualidad personal. Por tanto "Lope Íñiguez de Mendoza" significaba entonces "Lope, hijo de Íñigo, señor del lugar de Mendoza".
Los apellidos españoles, como los de otros países europeos, comenzaron a ser utilizados a partir de los siglos XI y XII.
A mediados del siglo XII empieza a aparecer entre los grandes señores de Castilla y León la costumbre de firmar en la documentación, siguiendo a su nombre y patronímico, el nombre del lugar cuyo gobierno ejercen. Esta fórmula suele utilizarse intercalando las más de las veces, entre el patronímico y el lugar de gobierno, la preposición en, es decir, Rodrigo Fernández en Astorga, Álvaro Rodríguez en Benavente, Pedro Rodríguez en Toro; pero a veces se suscita el problema cuando el escriba emplea, para significar lo mismo, la preposición de, y hay que saber diferenciar entonces lo que es el gobierno de un lugar, de un incipiente nombre de linaje. Este nombre de linaje que surge en estos tiempos se va implantando en la alta sociedad medieval y podemos decir que está perfectamente establecido, con la aquiescencia de todos, en la segunda mitad del siglo XIII.
Asimismo hay que indicar la costumbre de que la mujer conserva su propio apellido después del matrimonio. Además, si el linaje materno es de mayor importancia que el paterno, los hijos llevan el apellido de la madre, desapareciendo él del padre. Esta situación puede producirse espontáneamente o por capitulación matrimonial, apareciendo así  nuevos linajes.
Finalmente, llegado el siglo XIV los patronímicos pierden su significación original, pasando a unirse inseparablemente al nombre de la persona para hacer homenaje a un antepasado de relevancia. Así, en honor al asesinado pariente Íñigo López de Orozco, muchos Mendozas son llamados "Íñigo López" aunque su padre no se llemara Lope, y en honor al Gran Cardenal y al muerto en Aljubarrota, otros son llamados "Pedro González" aunque su padre no se llamara Gonzalo.
El caos que existió en España durante la Edad Media, en el uso de los apellidos, ha puesto a prueba la paciencia de los historiadores y los genealogistas, haciendo muy difícil identificar los protagonistas de la historia y establecer las genealogías con resultados satisfactorios. Esta irregularidad llegó a ser casi una anarquía, extendiéndose, no sólo a las familias de rancio abolengo, sino a los estratos sociales más pobres, e incluso a los conversos a la fe cristiana, perdurando también en América hasta bien entrado el siglo XVIII.
Un típico ejemplo de esta irregularidad de apellidos es evidente en los hijos e hijas de Don Íñigo López de Mendoza (1398-1458), mejor conocido como el marqués de Santillana, y de su esposa doña Catalina Suárez de Figueroa. La sucesión fue la siguiente:
Diego Hurtado de Mendoza
Íñigo López de Mendoza
Lorenzo Suárez de Figueroa
Pedro González de Mendoza
Pedro Hurtado de Mendoza
Juan Hurtado de Mendoza
Pedro Lasso de la Vega
Mencía de Mendoza
María de Mendoza
Leonor de la Vega
De todos los hijos mencionados, siete de ellos ostentaban el apellido paterno de Mendoza; dos llevaban el apellido paterno de la abuela, de la Vega; y uno tenía el apellido materno de Figueroa. Resulta un consuelo saber que los castellanos del siglo XV también se confundían con este enredo de apellidos. En 1475, un escribano real se refirió a un hermano del duque del Infantado como "Lorenzo Suárez de Mendoza". En su testamento, el duque llamó al mismo hermano "Lorenzo Suárez de Figueroa".
Sin embargo, este caos existió dentro de ciertos límites. En la familia, algunos nombres se combinaban solamente con ciertos apellidos determinados. Por ejemplo: siempre Íñigo López, nunca Íñigo González o Íñigo Hurtado; Pedro González o Pedro Hurtado, pero nunca Pedro López de Mendoza; Garcilaso de la Vega, pero nunca Garcilaso de Mendoza. En el año 1550, este pequeño número de nombres tradicionales había aumentado hasta alcanzar la cifra de más de cuatrocientos miembros de la familia, muchos de ellos con los mismos nombres y apellidos repetidos, lo que ha resultado en una desesperación para los historiadores.
A partir de 1492, el problema se complicó con la costumbre de otorgar los nombres y apellidos de los padrinos o testigos bautismales a los judíos, y a los moriscos adultos, conversos a la fe cristiana, por lo cual era común encontrar un miembro de la familia Mendoza rodeado por varios homónimos conversos, que eran su secretario, su médico, y su recaudador de impuestos. De ahí que muchos descendientes de judíos conversos (marranos), ostenten también apellidos de hidalgos, tales como: Ávila, Calderón, Correa, Guzmán, Mendoza, Pereira, Toledo, Torres, y Vargas. Algunos de estos apellidos, especialmente en Portugal y en América son generalmente de origen "marrano", tales como: Calderón, Correa, Pereira, y Torres.
Esta irregularidad en los apellidos se conoce como la época anárquica en España, y se extendió hasta bien entrado el siglo XVIII. Durante el reinado del sabio rey español Carlos III de Borbón, se empezó a establecer la época reglada en España. Se adoptó la actual bandera española, de colores roja y gualda (roja y dorada), y se hizo oficial la marcha real como el himno de la nación. También, se estableció el sistema de nombres y apellidos que está en uso actualmente. No fue hasta el siglo XIX, cuando se puede decir que se dejó de utilizar definitivamente la antigua anarquía de los apellidos.
Asimismo influye en la elección del apellido el fenómeno de la herencia a través de la institución de los mayorazgos desde finales del siglo XIV. La fundación de un mayorazgo tenía por objeto el mantener unido un patrimonio que, en otras condiciones, a través de sucesivos repartos, habría condenado a la descendencia a un descenso en la categoría social. Para proteger esta perduración del linaje y para asegurar su lustre social, los testadores establecen todo tipo de cláusulas sucesorias, que coartarán la libertad de sus herederos. Así, no solamente se prohibía a los sucesores cualquier posible enajenación del patrimonio vinculado, sino que, además, se les imponía el uso de apellidos y armas y muchas veces, incluso, las personas con las que habrían de casar. Todo ello nos pone en evidencia la gran preocupación que aquellos hombres tenían por todo lo referente al linaje.
En Castilla son frecuentes los mayorazgos que imponen uso de apellido y armas, entre ellos casi todas las casas de la Grandeza, y todavía está fresca la memoria de personajes que han conocido nuestros abuelos y cuyos apellidos se debían a imposición de mayorazgos. La Emperatriz Eugenia, por ejemplo, se apellidaba Guzmán, su hermana mayor la Condesa de Montijo -luego Duquesa de Alba-, Portocarrero, y el abuelo paterno de ambas Palafox, aunque Rebolledo de origen. La razones de estos cambios eran que en la casa de Ariza había que llamarse Palafox, en la de Montijo, Portocarrero, y en la de Teba, que tocó a la Emperatriz Eugenia por incompatibilidad de su mayorazgo con los demás de su hermana mayor, el poseedor estaba obligado a llamarse Guzmán. Pero por no saber esto, es difícil encontrar un biógrafo de la Emperatriz que no corrija rápidamente los apellidos de ésta cuando se entera de que sus padres se llamaban Portocarrero y Kirkpatrick, que es como, sin embargo, no se llamó nunca la última Emperatriz de los Franceses.
Por todo lo anterior, es absolutamente inapropiada esa costumbre "actual" de hablar de los Téllez Girón, los Hurtado de Mendoza, los Álvarez de Toledo o los Fernández de Córdoba, para aquellos tiempos, y no de los Girones, los Mendozas, los Toledos, y los Córdobas, que es como entonces se decía, pues -repito una vez más- el patronímico, en este tipo de apellidos, sólo se utilizaba cuando iba inmediatamente después de un nombre de pila.
La situación anterior finalizó con la Ley de Registro Civil de 17 de junio 1870 establecía (articulo 48) que todos los españoles serían inscritos con nuestro nombre y los apellidos de los padres y de los abuelos paternos y maternos. La inclusión en el nuevo Código Penal de dicho año del delito de uso de nombre supuesto vino a consagrar como únicos apellidos utilizables los inscritos en el Registro Civil. Esta fórmula se consagró jurídicamente con la nueva redacción de la Ley de Registro Civil de 8 de junio de 1957, que dio carta de naturaleza a esta costumbre únicamente española, pues ni siquiera en Hispano-américa rige, de utilizar los dos apellidos, paterno y materno, que según la propia normativa deben ir separados por la conjunción copulativa y, lo cual nunca se ha aplicado con rigor. Es también a partir de esta fecha cuando todo cambio o unión de apellidos se deberá llevar a cabo mediante expediente instruido de forma reglamentaria ante el Ministerio de Justicia. Modificaciones posteriores a la ley permiten desde los años 80 del siglo XX que se pueda anteponer el apellido materno al paterno, si la persona lo desea y lo solicita al alcanzar la mayoría de edad.

[Bibliografía]: del discurso de ingreso en la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía de don Jaime de Salazar y Acha "Génesis y evolución histórica del apellido en España" (1991).


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